La mesa estaba compuesta por tres productores de la zona núcleo, un ingeniero agrónomo y el encargado de logística de una cooperativa de San Nicolás. El objetivo no era otro que ordenar la campaña fina antes de que las lluvias de otoño condicionaran la siembra.
El punto de partida: números que no cerraban
La reunión arrancó con una revisión de los costos de implantación de trigo. El gasoil había subido un 9% respecto de la misma fecha del año anterior, y los fertilizantes nitrogenados seguían sin dar tregua. El ingeniero llevaba una planilla con los márgenes brutos por lote, y ahí apareció el primer dato que obligó a frenar: en dos de los cinco lotes analizados, el punto de equilibrio se había corrido casi 300 kilos por hectárea.
Nadie propuso abandonar el cultivo. En cambio, la discusión giró hacia qué tecnología de aplicación permitía recortar dosis sin perder eficiencia, y si convenía adelantar las compras de urea aprovechando la baja estacional de precios que suele darse en abril.
La logística como variable de decisión
El encargado de logística trajo un mapa con las distancias reales a puerto y a las plantas de acopio locales. Ahí se vio con claridad que el flete representaba casi el 18% del costo total de comercialización para los lotes más alejados de la ruta nacional. La propuesta fue agrupar la producción de tres campos vecinos para completar camiones de mayor porte y negociar una tarifa por volumen.
Esa idea, que parecía simple, obligó a coordinar calendarios de cosecha y a definir quién asumía el riesgo de esperar en el campo. Se acordó un esquema de turnos rotativos y un precio de referencia fijado con quince días de anticipación.
Lo que quedó pendiente
No todo se resolvió en esa primera jornada. Quedó sobre la mesa la duda de si incorporar un lote en alquiler que ofrecía un vecino, con un valor de arrendamiento que parecía razonable pero que exigía revisar la rotación de cultivos de los últimos cuatro años. También se postergó la decisión sobre la compra de una sembradora de siembra directa usada, que estaba en buen estado pero requería una inversión que comprometía el flujo de caja de la próxima cosecha gruesa.
La próxima reunión quedó fijada para después de la primera lluvia útil, con la idea de volver a mirar los números con datos de humedad en el perfil. Mientras tanto, cada productor se llevó la tarea de relevar el estado de sus lotes y de confirmar la disponibilidad de maquinaria propia para la siembra.